"No es cierto, que nadie me pregunte por qué pero tengo que decirlo: No hay tal novia. De hecho jamás le he dirigido la palabra a Osbelia. Ella existe. Por supuesto que existe, si es lo que le da sentido a mis días. Sé donde vive y tuve que hacere amigo de la cocinera para sacarle todos los datos: desde su nombre hasta la escuela a la que va o la direccion de sus primos en Guadalajara. Nunca ha habido nada de nada: Jamás la he besado, ni mucho menos le he agarrado el tirante de su brasier o ella misma me ha enseñado los calzones; nada de nada. En cambio la he seguido. Eso sí. Sé exactamente lo que está haciendo cada minuto de su maravillosa existencia. La primera vez que la ví fue en la iglesia de Santa Rosa de Lima y desde entonces no la he perdido de vista. Con mi bici la he seguido cuando va en el coche de su mamá por toda la colonia Condesa o la Roma, la Del Valle y la Escandón. Voy atrás del coche y sólo veo su trenza dorada, pero saber que va alli me hace inmensamente feliz, tan feliz como un perro cuando avista a su amo. La he visto cuando se baja del carro y acompaña a su mamá de compras por el Palacio de Hierro; la he visto cuando en compañía de sus papás va a comer a algún restaurante; La he visto llegar a una casa de la avenida Mazatlán y bajarse; he adivinado que va de visita, algo asi como la casa de sus tíos, pues su mamá le da su beso a la señora que sale a abrir la puerta; he adivinado esto y yo la he esperado allí, por horas, jugando con la arena del camellón, levantándola a puñados y dejando caer los granitos, los diminutos y minúsculos granitos como si todo yo fuera un reloj de arena y estuviera a punto de morir. Pienso entonces que las personas no somos otra cosa que relojes de arena y que la materia de que estamos hechos se llama arena, arena del desierto que poco a poco va cayendo hacia abajo, hacia el suelo, de donde nunca debio haber sido tomada. Polvo vil. Pienso esto y pienso que yo preferiria ser un granito de arena a ese reloj que soy yo y que suma millones de invisibles granitos. Lo he hecho infinidad de veces, mirando la puerta por la que saldrá de un mometno a otro. Para volverla a seguir una vez más. ¿Cómo no seguirla? ¿Cómo quedarme tranquilo pensando que quizás corra algún peligro? Tal vez mi cara le sea familiar: Sus bellísmos ojos azules me han visto parado junto a ella, esperando el siga, yo a bordo de mi bici, decenas y decenas de veces; también me ha visto acechando desde los árboles, tras los coches, desde la acera de enfrente.
El mechoncito de pelo sí es suyo. Por supuesto que sí. Lo recogí hace algunos meses, cuando tiró su peine al suelo. Lo hizo a propósito porque ya estaba muy usado. Lo arrojó con el coche en movimiento. Jamás sabrá lo dichoso que me hizo. Cuando lo hizo detuve mi bicicleta con el riesgo de que me atropellaran y recogí el peine. Digo que nada, absolutamente nada en la vida, me habría podido hacer más feliz. Extraje el pelo, lo olí, lo palpé, lo besé y desde entonces lo llevo en mi bolsa de gamuza. Le he escrito mucho, alrededor de cinco cartas diarias, inclusive estuve a punto de poner muchas de esas cartas en el correo; pero no me he atrevido a hacerlo. Mientras no me diga que no, soy libre de espiarla, de seguirla, de morir por ella. Pero si me prohibiera verla más, entonces sí no sabría que hacer. Acaso podría seguir pronunciando su nombre.Ningúna música es más dulce a mis oídos: digo Osbelia, Osbelia, Osbelia, y por fin puedo dormir en paz o levantarme con ánimos. Saber que está ahi, a sólo unas cuadras y que me basta para que la espere para que la mire acompañar a la sirvienta al súper o a la papelería me hace sentir con bríos cada mañana. Por eso no me atrevo a hablarle ¿Habrá pensado ella en lo que le puede hacer a un hombre, a mí? ¿Se habrá detenido algúna vez en eso, en algo que parece tan lejano pero que es más real que una tarde lluviosa o que una noche sin estrellas? ¿Pensarán en eso las mujeres? ¿O de veras serán tan crueles como para ignorarlo? Osbelia sí lo piensa, o no se si lo piense y por eso no quiera ponerla a prueba. Pero quién soy yo para ponerla a prueba. ¿Con que derecho? Si apenas puedo aspirar a ser un granito de arena. No más".
- Eusebio Ruvalcaba.
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